El cante es cante, y nada más. Pero el cante, como decía Manolo Caracol, no es para sordos. El flamenco, como arte digno de ese nombre, tiene en la obra de arte el poder de conmovernos. De lo contrario, es un subgénero con las apariencias sensibles, los colores, las formas, los volúmenes, los sonidos. Sólo eso. En definitiva, un juego que nos sale bastante caro donde se crea de la nada o de poco más que la nada, una apariencia que a todas luces no pretende otra cosa que engañarnos.

“Pureza” hace del cante un juego -placentero, rítmico y muy serio-, que satisface nuestras necesidades al concebir lo jondo como un poema musical. Y por eso nos interesa y atrapa.

Malagueña a contratiempo con verdial de presentación y cantiñas como credencial de saber cómo va el agua al molino, la trianera pone de manifiesto que su forma de situarse ante los cantes no es un simple pretexto para recrear nuestros ojos, sino para cautivar. Y el modo de interpretar lo conocido es ligando las variantes a la acción de una manera intima, dándole en todo caso un significado claro, cadencioso y preciso.

Para La Tremendita los conceptos están más que claros. Su polo, tan peculiar, soleares alfareras con la guitarra a la antigua usanza y el ‘collage’ milonga con cartagenera y fandango, fueron música en su estado de mayor honestidad, porque no cantó de mentira, sino con el alma, sacando la voz del corazón y haciendo de las melodías el arte de organizar una continuación coherente de sonidos y silencios, pero utilizando los principios fundamentales de la melodía, la armonía y el ritmo.

La cantaora trianera hace así debutar, mismamente, a su hermano, Tremendo Hijo, por seguiriyas y compartiendo la zambra, contrastando su voz bronca con la de Rosario, que no se privó a sí misma de desbordar el dominio de los estilos, como los tangos, y situó la bulería por encima de nociones como la de expresión o la de forma. Quiero así explicar que podrá gustar más o menos el timbre de su voz o el arrastre a lo Morente, pero lo que es innegable es que, siendo una profesionalidad sin mácula, hizo de su recital una obra de oficio y de éste un elemento clave de la manifestación del ser humano.

Ítem más. La Tremendita, en su ejecución tipológica, nos reenvía a su referencia o a su denotación, con lo que se marca por meta la purificación de las pasiones que subyacen en las variantes, al tiempo que invita al espectador al recogimiento y no a generar el vacío en él, a más de disponer un acuerdo emocional con algún sentimiento.

Pero con no ser suficiente, toda la secuenciación de ‘Pureza’ -el nombre obedece a la calle de Triana donde nació la familia-, estuvo preñada de consideraciones de la belleza, como el orden, la armonía o la simetría melódica, haciendo referencia a las potencias humanas, a las facultades del sentimiento y de la expresión, a más de, con una seguridad y afinación sorprendente, quedar exenta de dudas y desbordada de investigación.

Así se explica que la mirada expresiva de la cantaora penetrara más allá de las apariencias. Su voz, mesurada con un percusionista de arte, Paquito González, revistió el fenómeno flamenco de entendimiento. Su cuerpo se estremeció ante la ambición inspirada. El cante lo vistió con los colores del alma. Y el éxito no se hizo esperar porque, como sentenció Jimi Hendrix, con el poder del alma, cualquier cosa es posible.

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